Roberto Baggio, conocido como “El Divino Codino”, no solo es recordado como uno de los mejores futbolistas de Italia, sino que su esencia ha transcendido en el tiempo, convirtiéndolo en un verdadero ícono del fútbol mundial. Su conexión con la selección nacional es única: al pensar en Baggio, es inevitable imaginarlo con la camiseta azzurra, una visión que perdura en la memoria colectiva de aquellos que vivieron la época dorada de los años 90.
Amado incluso tras un error
Durante la década de 1990, el fenómeno de los cabellos recogidos en coleta entre los jóvenes italianos estaba completamente ligado al amor visceral que el país sentía hacia Baggio. A pesar de no haber podido llevar a Italia a la victoria en una Copa del Mundo, su dedicación y esfuerzo inquebrantable lo convirtieron en un símbolo de resistencia en un deporte que comenzaba a priorizar el negocio sobre la pasión. La tristeza que invadió a los aficionados tras su fallo en la tanda de penales contra Brasil en la final de 1994 fue un testimonio de la empatía que despertaba, reflejando el profundo vínculo emocional que mantuvieron con el talentoso jugador.
La eterna discusión sobre la Champions League
Aunque Baggio no acumuló un palmarés impresionante en cuanto a títulos se refiere, con solo tres campeonatos de liga y una UEFA, su habilidad y talento no deben ser evaluados únicamente a través de los trofeos ganados. Sus detractores citan la ausencia de una Champions League en su carrera como un argumento en contra de su grandeza; sin embargo, se olvida que en los años 90, la competición no era como la actual. Una temporada en la que se le permitió participar fue suficiente para que dejara su huella: en la 1998-1999, tras entrar como sustituto, anotó dos goles que eliminaron al Real Madrid del torneo.
Decisiones en el camino
Baggio eligió buscar su felicidad en el fútbol, incluso si eso significaba jugar en equipos menos prestigiosos. Aunque se le ofrecieron contratos de lujo en el extranjero, prefirió mantenerse cerca de su hogar y asegurar su lugar en la selección nacional. Su elección de unirse a equipos como Brescia en el ocaso de su carrera fue una estrategia deliberada para mantener su conexión con los Azzurri y perseguir su sueño de jugar en el Mundial.
Un sueño mundialista truncado
A pesar de que tuvo dos temporadas sobresalientes en Brescia, el entrenador de la selección, Giovanni Trapattoni, tomó la controvertida decisión de dejarlo fuera de la lista para el Mundial 2002, un hecho que causó asombro en Italia. El aumento de los cupos permitidos por la FIFA fue una oportunidad que no se aprovechó para incluir a otros grandes nombres.
Más que un futbolista, una emoción
Michel Platini lo describió como “un nueve y medio”, enfatizando su habilidad para conjugar funciones de goleador y creador. Con un impresionante récord de 205 goles en 452 partidos en la Serie A, Baggio encarnó la dualidad perfecta entre un delantero y un mediocampista ofensivo en un período de gran competitividad en el fútbol. Considerado el máximo goleador italiano en la historia de los Mundiales y uno de los pocos en haber ganado el Balón de Oro, su legado continúa vivo. La mención de su nombre evoca una mezcla de nostalgia y admiración, estableciéndolo como un verdadero referente emocional en el corazón de los aficionados al fútbol.